
Conservación vs. Acuariofilia
Una ventana de oportunidad
– Jose María Cid Ruiz
La crisis climática con el calentamiento global como prueba de cargo, la degradación del planeta con la extinción acelerada de especies como prueba de cargo y finalmente los mensajes políticos inflados de popu- lismo (populismo = soluciones sencillas pero irreales asociadas a pro- blemas complejos), han dado como resultado a nivel de sociedad, lo que podríamos denominar una creciente consciencia (“el planeta ago- niza”) y conciencia (“es nuestra culpa”) medioambiental. Fruto de este estado de agitación, acuarios públicos y privados (no digamos ya los parques zoológicos) son difamados como cárceles para animales por los defensores de los animales (denominados “animalistas”), a menudo esgrimiendo ideas preconcebidas, carentes de argumentos sólidos. La acuariofilia está siendo igualmente difamada y desacreditada con afirmaciones inexactas cuando no falsas. Los que así se expresan, ob- vian o ignoran el hecho de que más del 90% de los especímenes de agua dulce y quizás más del 35% de los de agua de mar mante- nidos en sistemas no naturales tienen su ori- gen en la acuicultura ornamental actual y no son individuos extraídos de la naturaleza.
No nos engañemos, las especies acuáticas que tienen a día de hoy comprometida su existencia, se encuentran en esa dramáti- ca situación por la degradación intensiva de sus ecosistemas naturales de origen. La falsa creencia de que el mantenimiento de especies en acuarios como actividad de investigación, docencia u ocio contradice supuestamente las ideas modernas sobre la protección de especies, sobrevuela el es- pacio del debate conservacionista distor- sionando la realidad de las cosas.

Revisando brevemente la “historia de la acuariofilia”, observamos que la implicación de los acuariofilos/acuaristas en la conservación de especies no surgió ayer. Por citar solo algunos ejemplos, los es- fuerzos en el conocimiento y cría en cautividad de cientos de espe- cies de cíclidos africanos y suramericanos se remonta a las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado. Algunas de estas especies han visto cómo sus medios naturales se degradaban y desaparecían sus po- blaciones salvajes y no precisamente por la acción de los acuaristas.
Lo mismo se puede decir de las asociaciones acuaristas dedicadas al mantenimiento en acuario de poblaciones genéticamente estables de las aún más vulnerables medioambientalmente especies de “ki-lis” (Nothobranchidae y Rivulidae principalmente).
Proyectos e inicia- tivas similares fueron desarrollados en el siglo pasado con carácidos y ciprínidos, por citar solo dos grupos emblemáticos entre los otros muchos que han sido objeto de estudio por parte de los acuaristas de todo el mundo. Por añadir un apunte personal a este recuento, he recordado, que hacia finales de la década de los 70, cuando las administraciones responsables no tenían ni idea de lo que eran los ciprinodóntidos valencianos y su situación de amenaza, los primeros artículos que se publicaron en defensa de los Aphanius y Valenciaos escribieron acuariófilos (“Aphanius Iberus y Valencia hispanica, reproducción” 1979,JMªCid Bol. A.E.A.).
Algunos de esos acuariofilos, llegaron incluso a reproducirlos en estanques y usaron esos ejem- plares, para repoblar el medio natural. Mientras tanto, las acequias donde vivían estas valiosas especies, eran desecadas, primero para cambiar los usos agrícolas (como mi buen amigo Jesús Dorda y yo mismo fuimos testigos en Puebla de Farnáls), abandonando el arro- zal por otros cultivos y después para directamente urbanizar en esos terrenos.

Todo ese conocimiento práctico, forma parte del actual “know how” de la acui- cultura ornamental. A día de hoy, hay multitud de proyectos de conservación proliferando por todo el mundo liderados o participados por acuaristas. Proyectos para la conservación de pequeños ana- bántidos (Osphromenidae) en el sudeste asiático, proyectos para preservar ciprino- dontidos (Goodeidae) en México, proyec- tos como la reciente creación de un “Bio- banco” de especies coralinas pétreas para más de tres mil especies en Australia, pro- yectos para profundizar en el conocimien- to de los protocolos de cría en cautividad de cada vez más y más especies marinas. Y todo ello de la mano de acuaristas o si se prefiere, de personas con amplios conoci- mientos del mantenimiento de especies en lo que comúnmente se denominan “sistemas cerrados”.
Creo sinceramente que estos ejemplos, entre los otros mu- chos que se podrían citar, refutan la falsa idea que muchos colectivos animalistas sostienen, acerca de presentar a los acua- ristas como unos simples “coleccionistas de peces”. La mayoría de las asociaciones de acua- riofilos de cierto prestigio, tienen actual- mente proyectos o grupos dedicados a la conservación de especies autóctonas y/o foráneas. Los acuaristas elaboran sus

propios proyectos de investigación, rea- lizan infinidad de observaciones que anotan y describen con gran meticulo- sidad, realizan todo tipo de mediciones de parámetros, generando estadísticas realmente útiles, y se alinean con las “best practices” de mantenimiento que universidades y acuarios públicos les proporcionan. Hacen en definitiva “cien- cia ciudadana” y aunque no son científi- cos, el valor añadido de sus aportacio- nes es indudable.
No pocas veces en la historia reciente, ese conocimiento adquirido, ha sido útil a la ciencia “con mayúsculas”. El hecho de que a partir de un fenotipo determinado, propio de los especíme- nes salvajes de una especie concreta (pueden ser guppies, bettas, cíclidos o peces marinos como los peces payaso), la acuicultura ornamental haya obteni- do en cautividad decenas de varieda- des comerciales de dicha especie, no debería ocultar a los ojos de quienes se sienten tentados a juzgar esta discipli- na, el interés y el trabajo incesante de los acuariofilos y sus asociaciones en los proyectos para la conservación de las formas silvestres de todas las espe- cies mantenidas en acuario. Este último concepto, el de mantenimiento de las formas silvestres en acuario, es en mi

modesta opinión uno de los nexos de unión más consistentes entre el “Conservacionismo y la Acuariofilia”, toda vez que la posibilidad de mantener e incrementar en acuario, poblaciones salvajes de espe- cies con el hábitat comprometido, comportan un “plan B” a la hora de restituir dicho hábitat y de reintroducir ejemplares con su feno- tipo original. Dicho lo cual, esto no significa, que la reintroducción en la naturaleza de ejemplares nacidos en cautividad, no deba estar sometida a rigurosos y estrictos criterios científicos que garanticenque se mantenga la identidad genética de las poblaciones.
Algunos movimientos animalis- tas, afortunadamente no todos, parecen no comprender que in- cluso la recolección controlada es conservación y pocos colecti- vos han hecho más a favor de la recolección controlada que las asociaciones de acuaristas y bue- na parte de la industria responsa- ble dedicada a la acuariofilia. La recolección sostenible de peces de acuario, es una importante fuente de ingresos para pobla- ciones con pocos o muy escasos recursos que viven en zonas re- motas, donde a menudo no hay otras formas realistas de ganarse la vida. Sin olvidar que, cuando los lugareños son conscientes de la importancia de conservar los hábitats en los que practican esas capturas controladas de pe- ces, su interés por la conservación del medioambiente como forma de preservar su sustento y el de sus familias es máximo. Se da el he- cho paradójico, de que en ciertas áreas donde las autoridades han prohibido la recolección artesanal de peces de acuario, sucede que, con el paso del tiempo, y la falta de motivación de los habitantes de la zona, esas aguas se han llenado de plásticos y desechos, pro- duciéndose mayores daños a la fauna que los de una recolección controlada.
Naturalmente, nadie sensato discute la necesidad, de que exista una “ética del mantenimiento” de organismos acuáticos en acuarios. Creo honestamente que la cuestión no es si resulta ético mantener peces en un acuario sino en qué condiciones son mantenidos. De la misma forma que no se cuestiona si es licito el hecho en sí de man- tener un perro o un gato en una casa sino la calidad de vida que ese hogar y sus habitantes le pueden proporcionar. Es obvio que no pue- des/debes tener un mastín en un apartamento de 60 m 2 como no puedes tener un Pseudoplatystoma corruscans adulto en una pecera del tamaño de una caja de zapatos.
Afortunadamente, nuestro país, no es ajeno a proyectos donde Con- servacionismo y Acuariología van de la mano. Buenos ejemplos de este tipo de proyectos, los hemos podido leer en las páginas de esta revista. Citaré algunos por su relevancia en la preservación de es- pecies emblemáticas de un ecosistema tan en peligro actualmente como el Mar Menor (Murcia): “Hippocampus gutulatus” (Argos nº3 2018; E. Cortés), “Pinna nobilis. Nacra”( Argos nº19 2021; E. Cortés), “Syngnathus abaster”( Argos nº22 2022; E. Cortés).
El nivel de contribución de los acuaristas expertos que participan en la conservación del medio ambiente a través de sus proyectos perso- nales o de colaboración con instituciones científicas, dedicándose al mantenimiento y/o reproducción de esta o aquella especie en ries- go de extinción, puede que sea modesto en el gigantesco desafío que supone preservar la vida en todas sus formas en nuestro plane- ta, pero no es un esfuerzo a despreciar y sí a valorar positivamente por el conjunto de la sociedad.
Téngase en cuenta que, el número de especies acuáticas cuyo hábi- tat puede verse comprometido en un momento dado, es de tal mag- nitud, que resulta impensable, el mantenimiento de poblaciones estables en acuario de todas esas especies, a la espera de mejores tiempos para su reintroducción, basado exclusivamente en el esfuer- zo de acuarios públicos e instituciones científicas.

En este sentido, las capacidades en términos de recursos materiales, económicos y de tiempo del conjunto de acuariofilos expertos y comprometidos a nivel mundial constituyen una “fuerza conservacionista” que no se debería minusvalorar y menos aún, censurar. Todo lo más, debería ser coordinada mucho mejor de cómo hasta ahora ha venido siendo utilizada, quizás desarrollando la idea de una red mundial de “micro Bio-bancos” o algo parecido. Por ponerle datos numéricos a esta úl- tima reflexión, piénsese que solo en el estricto ámbito de lo que se denomina Acuariofilia, se están reproduciendo en la actualidad con regularidad más de 2.000 especies (K. Glaw, 2022) y se está trans- mitiendo todo ese conocimiento, vía artículos, conferencias, vídeos, etc. a especialistas de todo el mundo. Y, no lo olvidemos, todo eso lo hacen los acuaristas, en su tiempo libre y sin remuneración alguna.
La Acuariología como disciplina de investigación debe jugar un pa- pel preponderante en la adquisición del “know how” necesario para poder reproducir en cautividad todas las especies mantenidas en acuarios de agua dulce o de mar. De hecho, debería reflexionarse por parte de las autoridades académicas, la conveniencia de crear, en carreras universitarias como Biología o Ciencias del Mar, una asig- natura específica de Acuariología, distinta, aunque complementaria a la de Acuicultura. Albergo pocas dudas acerca de que el futuro de la Acuariofilia pasa por la ventana de oportunidad de desarrollar ple- namente una acuicultura ornamental que garantice que, salvo con- tadas excepciones, el 100% de las especies mantenidas en acuario no procedan del medio natural.
La Humanidad lleva la friolera de 5023 años estudiando las necesi- dades de las especies acuáticas en sistemas no naturales, concreta- mente desde que los sumerios (3000 a.E.C.), a orillas de los ríos Tigris y Éufrates, comenzaron a mantener carpas en estanques en lo que se puede considerar una acuicultura primigenia. La precisión con la que un acuarista experto es capaz de determinar todas las necesida- des físicas, químicas, conductuales, nutricionales, sanitarias, etc. de una especie acuática fuera de su medio natural no es mejorada por ningún otro especialista de ninguna otra disciplina. ¿Estamos segu- ros de que podemos desechar toda la experiencia que la Acuariolo- gía atesora? ¿Vamos a tirar por la borda todo ese conocimiento?



Artículo extraído y publicado originalmente en la revista Argos nº24

– Jose María Cid Ruiz
José María Cid Ruiz, lleva varias décadas dedicado a investigar en reproducción de especies de peces e invertebrados marinos y de agua dulce. Fruto de sus trabajos y experiencias, viene publicando artículos en diversas revistas especializadas, nacionales (Argos, B.AEA, Especies, Rio Negro, Acuario Practico, Aquamar, etc.) e internacionales (Tropical Fish Hobbyist, Coral, FAMA en USA, Koralle en Alemania, Aquarama en Francia, etc.) y dando conferencias en asociaciones acuariófilas y centros de exhibición públicos y privados. Ha sido o sigue siendo, miembro activo de diversas organizaciones dedicadas al acuarismo: Vicepresidente de la Asociación Española de Acuaristas, miembro de la American Killifish Association. Relacionado con sus actividades acuariófilas, José María practica el vídeo y la fotografía submarina, disponiendo de una amplia base gráfica de muchas especies en su medio natural. Cursó estudios universitarios como Ingeniero T. Telecomunicaciones y ha desarrollado su actividad profesional en el sector TELCO, como directivo experto en análisis de procesos y sistemas de calidad. Libros publicados por el autor: “Blénidos del Mediterráneo” (Anarpa,1993). “El Agua del Acuario” (MJVT,2016).
Para contactar con el autor o conocer más acerca de su trabajo: www.aquaticnotes.com // info@aquaticnotes.com